"Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así. Aprovecharlo, o que pase de largo, depende en parte de ti"


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lunes, 30 de julio de 2012

Querido porvenir


Querido porvenir,

Hoy tengo muchas ganas de escribirte.

Los humanos somos así. Conforme vamos cumpliendo años, conforme tenemos más tiempo vivido en el pasado y menos tiempo por vivir en el futuro, más queremos tutearnos con el futuro, y menos cuentas echamos del pasado. Y es que como se anhela más aquello de lo que más se carece, yo de joven me moría de ganas de conocer lo que existió antes de mí, y ahora cada vez más quisiera conocer y mejorar lo que haya cuando yo no esté.

Escribirte es dar un salto en el tiempo hacia adelante. Es dirigirse a lo que no existe, pero esperamos que exista; o incluso a lo que existe, y esperamos ser capaces de ver algún día. Escribirte es poner letra a una canción sobre la esperanza.

Por cierto. Las famosas tres virtudes son una buena carta de navegación, que tanto bien ha hecho y hace a las singladuras de la vida de cada cual. Voy a mezclar la Geometría y la Filosofía y la Religión, que pueden y hasta deben mezclarse porque la reacción no produce quemaduras ni vapores que ahoguen el alma o nublen el intelecto, sino al contrario, nos puede llevar a nuevos puntos de vista y conclusiones que nos enriquezcan. Que digo yo que razón y corazón se diferencian en sólo dos letras.

Ya sé que esto no es nada original por mi parte porque de esta simbología están llenas miles de obras de arte, pero yo hasta ahora acostumbraba ver estas tres virtudes como los tres vértices de un triángulo equilátero. Son virtudes teologales, y es que el triángulo cuadra muy bien con lo teológico. Y siempre hay un vértice superior, uno sólo, como siempre se nos recuerda que hay una virtud superior, una sola, que es la Caridad, el Amor donde todo empieza y finaliza como una circunferencia eterna.

Pero hoy no las veo así. Digo como un triángulo. Hoy me ha dado por pensar en una recta. Una línea recta que viene del infinito, y va al infinito. Y que está formada por infinitos puntos que, todos alineados, uno detrás de otro, configuran la recta. Esta recta puede ser un eje temporal. Que viene del infinito, y al infinito va. Y podemos pararnos en cada punto a observarla. Y cada punto que nos paramos a ver, es el momento presente. Y cada punto que nos detengamos a mirar, se convierte en la referencia que parte en dos tramos esta línea temporal: el tramo que viene del pasado, desde el infinito pasado. Y el que va al futuro, al infinito futuro.

La Fe nos viene de atrás y arranca en el pasado, en el infinito pasado; la Caridad sólo se puede hacer cada día, en el presente, aprovechando (¡Carpe diem!) cada momento para querer y ayudar a todos mientras vivimos. Y la Esperanza es pensar en lo que no hay pero queremos que haya. Es el porvenir. Eres tú, destinatario y ojalá receptor de esta carta.

Ningún animal que puebla la Tierra tiene conciencia del futuro ni del pasado salvo el hombre. Digo mejor: los animales sólo saben ver un pasado muy reciente, y un futuro muy inmediato. No ven una recta. Sólo un segmento pequeño de la misma, centrado en el punto del presente. El ser humano sin embargo sí tiene capacidad o al menos curiosidad de mirar al pasado hasta el infinito, y de aventurarse al futuro, hasta el infinito. Sólo la Humanidad, de todo cuanto llena este mundo loco que gira sin parar, puede dirigirse a lo porvenir, y tratarlo de tú a tú, con respeto pero con cercanía, como a un amigo de siempre. Tenemos el logos, la palabra, la inteligencia, y esto nos distingue inequívocamente como humanos. Pero también nos distingue la Esperanza. La Esperanza es la gran virtud que da carta de naturaleza a algo que no existe, pero que puede existir. Es la energía potencial de nuestra inteligencia. Cuanto mayor es, más capacidad tendremos de transformar ese potencial en energía de movimiento y de evolución.

Querido porvenir, estoy encantado de saludarte. Oye. Pásate pronto por casa. Sabes que serás siempre bienvenido y te trataremos como al mejor de nuestros invitados y nos desviviremos para que te sientas en tu casa. Como si quieres quedarte a vivir con nosotros…

Un beso. Un beso al porvenir… ¿un saludo, un abrazo, un deseo, unas palabras, una carta,…? Qué puñetas. Un beso. Un beso al porvenir. Por si acaso.

Todo tuyo,

                                   Adrián

sábado, 28 de julio de 2012

Espíritu edificante (reflexiones pre-vacacionales)


            Vaciarse. Entregarse por entero, sin remilgos. Sin condiciones. Sin esperar recompensa. Darse. Repartirse. Esparcir por el mundo trozos del alma como si fuera una distribución anticipada, en vida, de las propias reliquias de uno mismo.

Esto es bueno. Siempre lo he pensado y siempre lo pensaré. Es una de mis banderas vitales. Porque soy de los que están convencidos que el depósito de nuestra felicidad no se encuentra exclusivamente dentro de uno mismo, sino distribuido en los demás, en el prójimo. Llenando los depósitos de felicidad de otros, estamos realmente elevando también nuestro índice de felicidad. Por eso me vacío tanto. Por eso me entrego tanto a tantas cosas y sobre todo, a tantas personas y a tantos colectivos.

            Pero creo que he cometido un error. Y grave. Aunque confío estar a tiempo de rectificar. Tengo claro que hay un depósito concreto en el que he puesto muchísimo, en el que me he derramado especialmente, pero no sé si el depósito tiene agujeros por abajo (“churn”, se llama a veces técnicamente), o si ese depósito es humanísticamente hablando tan diminuto que todo lo que yo humanamente hablando haya echado allí en realidad está desperdiciado, perdido, derramado.

            Estoy exhausto. Decirlo cuando realmente no se está, es vil. Pero callarlo y negarlo cuando realmente se está, es un peligro para uno mismo. Tuve un profesor de Economía que nos explicó un día con un ilustrativo símil la diferencia entre colaborar y comprometerse: un plato de huevos con chorizo. Para la preparación de este plato, la gallina colabora, y el cerdo se compromete. Siguiendo el símil, llevo siendo cerdo muchos años, poniendo toda mi carne en un asador de donde todavía tengo que intentar no salir carbonizado. Siempre he preferido ser cerdo que no tiene problema en tirarse al barro, y que da generosamente su propia carne para deleitar a los demás, que ven aprovechable en él todo cuanto tiene, a ser gallina que se sube a un palo, cacarea permanentemente y anuncia cada huevo que pone como si fuera lo más importante que ha ocurrido en ese momento en el mundo.

            Hay que usar la cabeza, que para eso está. Pensar. Reflexionar. Lo hago. Y encuentro la receta, la terapia, el tratamiento: espíritu edificante. El que siempre tuve y quizá últimamente he perdido como el que pierde una brújula. Edificarse es crecer. Es trabajar por uno, es formarse, es aprender, es forjarse, es construirse, es mandar en uno mismo. Es ser arquitecto de desarrollo de mi propia alma (que el gran Arquitecto de todas las almas es Otro…). Edificarse es ser positivo, ir a más, siempre a más. Es avanzar, nunca retroceder, pero hacerlo al propio ritmo, llevando el compás, la batuta, el tiempo, el destino. Edificarse es paciencia, piedra a piedra, ladrillo a ladrillo, sin prisa y todo dentro de un plan bien pensado y que al mismo tiempo se rehace cada día: el plan de vivir.

            Y esto empieza hoy.

            Hoy puede ser un gran día, y así me lo planteo, porque aprovecharlo o que pase de largo depende en parte de mí, como dice la canción. Y en lo que a mí respecta, dejo desde ya que me invada completamente el espíritu edificante. El que llenó mi alma y el que jamás debí dejar que saliera por la ventana del alma mientras abría de par en par las puertas dando paso a todo y a todos con una generosidad mal entendida que confunde darse con dejarse avasallar.

            “Eres muy responsable”. Esto lo he oído muchos cientos de veces en mi vida. Debe ser verdad. Así que, como responsable que soy, respondo de mi error. Nadie ni nada tiene la culpa de mis desdichas, sino que soy yo quien tengo la oportunidad de enderezar lo torcido. Soy libre. Libérrimo. En mi alma mando yo, con permiso del Creador, y a restaurarla me pongo, con espíritu edificante.

            Creo que llego a tiempo. Gracias a Dios.

lunes, 2 de julio de 2012

Frutos Del Bosque


El trabajo en general da sus frutos. El trabajo en equipo, también. Más aún.

Del Bosque es grande. Física y psicológicamente. Ve la vida y sus avatares con esa óptica que tienen los que saben cuánto vale un peine, pero un peine de verdad. No el que se usa para peinar cabellos, que a gente como él, poca falta le hará. Yo digo el peine con el que colocar a diario los pensamientos en la cabeza, para que no se nos convierta la mollera en una madeja ingobernable entre lo que nos despeinemos nosotros y lo que nos despeine la vida y sus vendavales. Del Bosque es sabio en fútbol y en la vida. Del Bosque es un huevazos, en el sentido más cojonudo del término. O sea, no un indolente. Un huevazos. Porque sabe aguantar chaparrones, que la vida los trae de serie y muchos. Y fuertes. Y por eso mira así, de frente y sin alterarse, todo lo que se le ponga por delante, sea en la euforia más contagiosa, sea en la decepción más honda. Sabe ponerse delante de su equipo, protegiendo lo que más importa, que es que el equipo funcione como tal, sin intromisiones externas, tanto en las duras como en las maduras. Sabe que los trapos sucios, que su equipo, como todos, los tendrá, se lavan en casa y con mucho respeto. Pero sobre todo, sabe que ganar la Eurocopa, y el Mundial, y otra Eurocopa, y todo seguido, es muy importante, y muy meritorio, y muy extraordinario, pero no lo más grande que uno puede hacer en la vida.

Ojala la gente sepa ir donde va este Vicente. El trabajo en equipo, real y leal, auténtico y sin trampas, sincero y sin dialécticas, riguroso y sin banalidades, da sus frutos. Los Frutos del Bosque. Que son los frutos menos sofisticados, pero los más naturales. Y todos los frutos de este Del Bosque que yo conozco me parecen admirables. Todos.

Gracias, Vicente. He aprendido mucho. Te lo dice un español que sabe de fútbol menos que de primas de riesgo, que ya es decir…

sábado, 9 de junio de 2012

Crónica del-fin




Al final, no han logrado salvarle. El dispositivo de vigilancia intensiva desplegado, la unidad móvil, la medicación, los cuidados, hasta el ánimo de la gente que se acercaba a visitarlo o el despliegue de medios de comunicación que nos mantenían informados de la evolución; todo esto no ha sido suficiente para mantenerle con vida. Creo que llegó bastante enfermo. Hablo de un delfín. El delfín que apareció varado en una playa española, y que no ha logrado sobrevivir. Me consta, porque así lo decían en los noticiarios de estos días pasados, que el equipo de especialistas que lo cuidaba no sólo hizo guardias permanentes, de veinticuatro horas, a pie de playa, sino que también cuidaba detalles como mantener siempre orientada su cabeza hacia el mar y no hacia la playa para que el malogrado delfín no se estresara. Cuando oía esto en la tele, ironizaba para mis adentros, “así de mal estaremos en España, que es mejor mirar al mar que hacia tierra adentro, porque sólo mirarnos, estresa”.

Y fue el fin del delfín. Amigos, hemos perdido en una playa de Tarragona a un joven ejemplar de una de las especies más próximas en inteligencia a la humana, un cetáceo que nos trae aromas de espectáculo, de fiesta, de vacaciones, de disfrute, de acrobacia, de habilidad, de simpatía, de juventud. El pulpo Paul sí tuvo fama y nombre antes de morir, y hasta acertó cuando predijo que España ganaría el mundial. Pero este delfín que no tiene nombre se nos ha ido sin darnos tiempo a bautizarlo y sin posibilidad de que, una vez sanado, lo tomáramos como mascota predictiva y motivadora para la inminente Eurocopa.

Y la otra noticia del medio día de hoy era el debate de si hay o no apocalipsis económico en España. Así mismo lo he oído. Con la prima de riesgo que a veces sube y a veces baja, a veces nos ahoga más y a veces menos, como la marea, España sigue varada en la playa, y no sabemos si tendremos el fin del delfín.

Pero en España, como somos así, mezclamos la tragedia y el espectáculo con toda normalidad, hasta en los titulares de las noticias. La tragedia de un país que se va al garete porque no hay ni un euro para nada con el espectáculo casi cinematográfico de un delfín atendido exquisitamente por el que probablemente esté considerado como el sistema de salud más completo y generoso del mundo, donde hasta los delfines que llegan a nuestras playas están perfecta y exquisitamente cubiertos.

Hay que ser toreros para saber mezclar tragedia y espectáculo con naturalidad. Y hasta con arte. Y en España, guste o no guste, somos muy toreros. Somos así.

“A España se le ha muerto el delfín”. Menudo titular en estos tiempos de crisis y zozobra económica. Además de un cetáceo, el delfín es, en sentido más amplio, el sucesor de alguien o algo. Si forzamos la metáfora, es el futuro. Quiera Dios que, en este sentido, no sea cierto que a España se le ha muerto el delfín. Yo estoy convencido que sólo se nos ha muerto un cetáceo. Porque como se nos haya muerto el futuro, varado en una playa española, entonces sí que habrá que prepararse para escribir la crónica del fin...

viernes, 11 de mayo de 2012

Milagros laicos


Hace pocas mañanas oí en la radio unas declaraciones de un importante político español, quien decía algo así como que no esperaba del Presidente del Gobierno un milagro que le hiciera cambiar de modo de gobernar. Lo que me llamó la atención no fue ese comentario concreto, que no sé si traigo aquí de modo exacto, sino la matización que introdujo justo a continuación. “Un milagro laico, en este caso”. Reconozco que esa puntualización me dejó aturdido. Un milagro laico. Un milagro laico…

Un milagro es aquello que ocurre al margen de las leyes naturales. Reconocer la existencia de un milagro, necesariamente implica admitir la existencia de un ente que lo causa o provoca y que está por encima de las leyes naturales, esto es, algo sobrenatural, o si me lo permitís, algo divino. Quizá este político pensó que pronunciar milagro, así, sin más, podría considerarse algo políticamente incorrecto o incoherente por sus compañeros y/o sus seguidores. Y quizá de ahí su presura en salir de esos sotos donde acaso sin querer se había adentrado, construyendo esta expresión que yo nunca antes había oído: milagro laico.

Me pregunto: ¿qué es un milagro laico? Sería algo así como un hecho que reconocemos que ocurre sin explicación humana, pero al tiempo sin admitir la existencia o la validez de fuerzas sobrehumanas que lo provoquen. Esto es, un hecho que al mismo tiempo está dentro y fuera de lo puramente humano. Una contradicción en términos.

En fin, me resultó curioso. Sólo eso.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Treinta y nueve




Treinta y nueve es el triple de trece. Y sé muy bien lo que estoy diciendo, que tiene poco que ver con las cábalas matemáticas, menos aún con cifras supersticiosas, pero sí que tiene mucho que ver con mi vida, y no sólo porque sean treinta y nueve el número de escalones que conducen al segundo de Real, 19.

Pienso que los números siempre tienen una doble naturaleza simbólica. Tanto en lo matemático o universal, por las magnitudes que representan; como en lo psicológico o personal, por el valor que luego cada cual queramos darle. Así que para mí treinta y nueve es una referencia. Un listón. Una línea. Una altura. Una marca. Una meta volante a la que me acerco emocionado.

“Ese escalofrío que notas ahora por la espalda es la emoción. Es normal. Y es bueno”. No sé cuándo, ni en qué contexto, pero jamás olvidaré quién me explicó esta sensación evidenciando que me conocía tanto como para saber sin fallo, aunque yo no lo dijera, lo que pasaba por mi cuerpo la primera vez que, allá por el primer tercio de la vida que llevo vivida, noté con desconcierto la primera sacudida, la primera de tantas que han venido luego, que recorre el cuerpo de arriba a abajo cuando vivimos momentos especialmente intensos, sea en la felicidad más radiante, sea en la pena más honda.

Así que tengo la ilusión grande de llegar al escalón treinta y nueve. A esta referencia. A este piso. A este nivel. A esta marca. Entre otras muchas causas, que muchas hay para celebrarlo, para dar gracias por ello y seguir viviendo intensamente, exprimiendo cada minuto y valorando el regalo de cada amanecer, pensando que hoy siempre “puede ser un gran día, imposible de recuperar”, y sin renunciar jamás a sentir la realidad de la vida pasearse por mi cuerpo como corresponde, con todo lo que la vida trae y conlleva, con todas sus risas y con todos sus llantos, con todas sus emociones. Porque eso es normal. Y es bueno. Porque eso forma parte de la vida. Y parte de mi vida.

Lo mejor de las referencias, cuando son buenas y verdaderas, es que nos enseñan a seguir siendo pequeños, y nos ayudan a visualizar en cuántas cosas nos hemos equivocado, y en cuántas podemos mejorar en los escalones que nos queden por subir. Y nos permiten orientarnos mejor en el mapa de la vida, que a veces se nos arruga demasiado.

Dos de mayo. Pienso que hoy es un hermoso día para felicitar a quien más supo y mejor me enseña cómo se vive de verdad. Y justo en este momento, cerrando este escrito, caigo en la cuenta de que precisamente en la víspera de este día he disfrutado de una magnífica jornada de campo con mi mujer y mi hija, y juntos hemos subido andando tres kilómetros hasta Cumbres Verdes. Cumbres… Verdes… Y la única amapola encontrada en el camino no se nos ha perdido. Entre otras cosas, porque a Lola le ha gustado.

sábado, 14 de abril de 2012

Efemérides y otras cosas


“…¡Andaluces, levantaos!,
¡Pedid tierra y libertad!,
Sea por Andalucía libre,
España y la Humanidad.

Los andaluces queremos
volver a ser lo que fuimos:
hombres de luz, que a los hombres,
alma de hombres les dimos…”

                                        (del Himno de Andalucía)
 
 

Los andaluces hemos querido seguir siendo lo que fuimos. Los andaluces seguimos pidiendo tierra, antes y más que libertad. Tierra para comer hoy, antes y más que libertad de elegir un cambio de rumbo que evite, o al menos lo intente, darnos de bruces con el iceberg que está ahí, queramos o no queramos. Lo veamos o no. Nos lo enseñen o no. Sepamos o no que lo que se ve del iceberg no es más que una mínima porción de su tamaño y su peligro. Tamaño real. Peligro real. Pero queremos seguir siendo lo que fuimos. Que siga tocando la orquesta. Ponme otro coñac, que este barco lo aguanta todo. Que un barco tan grande es imposible que se hunda.

A “Titanic” no lo hundió su peso colosal, ni el iceberg - que creo que nunca tuvo nombre, como Islero, aunque le va que ni pintado de blanco… -,  tampoco lo hundió el que avistó el iceberg y dio la voz de alarma con igual intensidad y antagónica motivación que Rodrigo de Triana, que por cierto fue uno que partió de Andalucía buscando tierra y libertad, ni el capitán y oficiales que intentaron evitar una tragedia de más de 40.000 toneladas en menos de un minuto (tocaban a mil toneladas por segundo…),  ni el pasaje, presa de los nervios y de una letal cárcel de acero, y que pedía desesperadamente tierra para escapar y libertad para vivir, ni los músicos que, descontando compases hasta el fin, apaciguaban una situación feroz donde a la paz el agua comía terreno cada minuto que pasaba, ni siquiera Arquímedes, ni la Física,… No. Ninguno de estos hundió realmente a “Titanic” aquella noche de un 14 de abril. A “Titanic” lo hundió la ambición de un naviero que decidió ir más rápido de lo que era recomendable sin medir ni importarle los riesgos ni las consecuencias, la ambición de un hombre cobarde, frívolo y además superviviente, que probablemente era tan iluso y tan idiota que se consideraba por encima de los elementos. De todos los elementos. Seguramente, un hombre de esos que están convencidos de que hay que dar al César lo que es del César, y también lo que es de Dios. Uno de esos que no duda en empujar fuera del carro al que sostiene la corona de laurel tan pronto como se le ocurra decirle “recuerda que sólo eres un hombre”.

¡Qué pocas luces!    

"¡Ay, corazón!" - Artículo publicado en el Rincón Poético de la Revista de la Cofradía de Jesús 2012

¡Ay, corazón!


Querido corazón,

            Llevamos treinta y ocho años juntos. Y si bien es cierto que no podemos vivir el uno sin el otro, hay que ver qué poco caso te hago. Es más, te castigo. Te fuerzo. A veces te cuido, es verdad, pero son más las veces que no me acuerdo de ti. Con demasiada asiduidad te soy infiel y me dejo embelesar por las prisas que tan mal te sientan. Pero mira por dónde, hoy… sí me acuerdo de ti.

            Tú llevas el ritmo, para mi fortuna. Y que sea así por muchísimos años. La música es la conjunción de ritmo y melodía. Y hoy que me disponía a escribir algo sobre música y Semana Santa para la revista de Jesús, me acuerdo de ti. Soy tan torpe y tan ingrato que he tardado media vida en darme cuenta que hacemos buena pareja musical: tú el ritmo, y yo la melodía. Tú el compás, y yo las notas. Tú la base, y yo el adorno. Tú el fondo, y yo la forma. Y así vamos funcionando. Tampoco nos ha ido tan mal. Creo.

Eres el libro donde voy escribiendo cada verso de mi vida. Y sólo por eso mereces mucho más que mucho respeto. Como si cada latido fuera un “gubiazo”, mi propia vida te ha ido dando forma lentamente. Esa forma de corazón que siempre se pinta igual, y que es afortunadamente distinta en cada uno de nosotros.  Si a los árboles se les examina la madurez con cada anillo del tronco, a los corazones, debería ser contándoles las arrugas que van provocando cada uno de sus latidos. Me pongo a echar cuentas y estarás ya casi por un millón y medio. Cada latido, una pequeña vivencia. Una emoción. Un amor. Una preocupación. Una alegría. Una tristeza. Un momento de paz… Cada uno de esos latidos, año tras año, Semana Santa tras Semana Santa, te han ido dando forma. La que tienes. Ni bonica ni fea. La tuya. La que siempre cambia pero siempre a fuego lento, latido a latido. Sin prisas. Que hay toda una vida por delante.

Eres la vasija donde van decantando todas las vivencias de mi existencia, algunas de las cuales van dejando poso. Eres el cántaro donde se han derramado otros corazones que te anteceden y que han puesto en ti todo el cariño del mundo.

Y ahora vengo yo y te digo qué es lo más emocionante. Qué es lo más chulo. Lo más actual. Lo más bello. Lo que hoy han televisado, o lo que más de moda está.

A ver cómo te explico, corazón, con qué debes acelerarte y con qué no. Con qué vivencias y con qué músicas debes redoblar tu ritmo, y con cuáles no. Con la visión de qué imágenes tienes que sintonizar tanto que parezca que quieras salir de mi cuerpo para verlas cara a cara.

A ver cómo te explico qué Semana Santa es la canónica. La buena. La correcta. La fetén. Qué vivencias son las buenas. Las no risibles. Las elegantes. Las que tienen más clase. Más calidad. Te da igual. Tampoco pides que te oiga. Es verdad. Pero lo que yo te pueda decir sobre qué vivencia o qué modo de procesionar es más bonito o más feo, por una aurícula te entra y por un ventrículo te sale. Tú sabes de sentimientos. Digo más: de sentimientos acumulados y decantados en muchos años, y en muchas generaciones. No de tecnicismos. Ni de argumentos. Ni de dialécticas.

Y aunque no te haga todo el caso que debiera, te conozco bastante. Sé qué te mueve más cada Semana Santa. Sé que sintonizas cuando se oye el Desconsuelo. Y el Miserere. Y los lamentos y los silencios del Viernes Santo. Y con tantas otras cosas, que no voy a hacer aquí una aburrida lista de todo eso que durante décadas ha ido dejando poso en ti.

¡Ay, corazón! Quizá echas de menos vivencias que atesoras en el recuerdo. Quizá no te entienden por ahí fuera, o te califiquen de “carca”, anticuado, o con poco espíritu de adaptación a los tiempos. Pero yo sí me hago cargo de tu situación. Y te respeto muchísimo. A mí, me tienes de tu parte.

Por otro lado, y hablando en términos más generales, eres el motor y el centro de todos y cada uno de los petos morados con los que todos los hermanos de Jesús, en la madrugada del Viernes Santo, rehacen el camino de la vía de la cruz en el momento más auténtico y profundo de la Úbeda que renace cada Semana Santa. Eres el discreto protagonista del momento donde la música más auténtica, más aún que los Lamentos y que el Miserere - ¡Qué dices, hombre! Pues sí, eso digo – es la que marcan miles de corazones y miles de pasos que sintonizan el compás en un camino eterno que viene de la Historia y que conduce al Cielo. Esa es la música más callada y la más profunda. La más auténtica. La más antigua. La más verdadera. La más tradicional, porque por sonar, sonó incluso en el primer “Via Crucis” de la Historia donde los propios pasos y el propio corazón de Jesús iniciaron y marcaron el mismo ritmo de amor y entrega que ahora queremos seguir todos cada madrugada de Viernes Santo. Esa curiosa música es la que más merece la pena y la que más respeto merece. Esa música es la que más te gusta, corazón mío. Más si cabe que el Miserere, que los Lamentos de Jesús, y  que el Desconsuelo.

Y en fin. Lo que más me gusta de ti, querido corazón, es que eres todo un símbolo de lo más grande que tenemos los cristianos: el amor. Por eso para ti, todo lo demás, esta rara carta incluida, está en un segundo plano.

Ha sido un placer compartir estas líneas contigo. Y por favor: sigue a tu ritmo, por lo que más quieras. Todo tuyo,


            Adrián Navarrete Orzáez