"Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así. Aprovecharlo, o que pase de largo, depende en parte de ti"


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domingo, 16 de marzo de 2014

El desconsuelo de la distancia

(Artículo publicado en la revista “La Columna” el 16 de marzo de 2014)


Jueves Santo de 2013. En Granada. Las cinco y veinticinco de la tarde. Con la seriedad, el respeto y hasta los nervios con que me sentaba en la bancada de un aula cuando iba a hacer un examen muy importante, me senté frente al piano que, casi tanto como mi mujer y mi padre, es compañero de soledades y testigo de alegrías y penas a lo largo de mi vida. Mi mujer se sentó a mi lado, con mi hija Lola en brazos y mi hija Inmaculada en su vientre, descontando las horas para salir a iluminar el mundo con la luz de sus ojos.

En Úbeda, mi hermano Jose (28/03/13 16:53: “Te tendré presente toda la procesión”) formaba parte del inmenso guion columnero con su hachón apoyado en la cintura y su móvil guardado ya en su bolsillo. Y mi padre estaba en lo alto del Rastro mirando el guion que subía y pensando que al fondo, ciento y pico kilómetros al Sur, tras la sierra azulada de Mágina, estaba el penitente que le faltaba esa tarde en el último tramo de la fila negra y cardenal para dedicarle orgulloso su amplia, sana y característica media sonrisa nada más reconocerlo.
Todo estaba dispuesto.

Esperé unos minutos con la mirada perdida en el reloj del móvil que tenía sobre el piano. Estaba absorto en mis pensamientos, que ya a esa hora no estaban en Granada. Al poco, sonó el teléfono y entró una llamada de un amigo bueno. No estaba previsto, ni le había pedido que me llamara. Pero Rafa me llamó y al ver que lo hacía en ese momento, yo sabía de sobra el motivo de la llamada. Descolgué y no dije nada. Porque no podía decir nada. Y porque sobraban las palabras. Balbuceé un “gracias” y cerré los ojos, conteniendo una emoción que me recorría entero como una sacudida. Aguanté el llanto como la presa de un pantano a punto de resquebrajarse. Tragué saliva. Silencio y más silencio durante unos minutos. Silencio en mi casa, en mi familia, en mi piano, en el altavoz de mi móvil. Mis manos sobre las teclas del piano, acariciadas por las yemas de mis dedos.

Y comenzó el Desconsuelo con su solemne dos por cuatro y su doloroso Do menor. Nota por nota, acorde por acorde, compás por compás, fui tocando el Desconsuelo al mismo tiempo que lo oía sonar en el Claro Bajo gracias a las redes de comunicaciones que tanto me acercan y tanto me separan de mi Úbeda del alma. Por mis dedos se escapaban decenas y decenas de emociones que me recorrían entero, en dos por cuatro y en Do menor. La música del Desconsuelo circulaba de mis oídos a mis manos, atravesándome y haciendo estación de penitencia en mi corazón.

Esa tarde de Jueves Santo fue tan especial que toqué el desconsuelo con mis propias manos. Lo palpé. Lo sentí. Me inundó como nunca antes lo había hecho. He tocado el Desconsuelo cientos, no sé si miles de veces, en pianos y órganos, en mi casa, en San Isidoro, en Madrid, en Granada, en Sevilla, en decenas de lugares; solo en mi casa o ante mucha gente. En fiestas alegres y en despedidas muy tristes, como aquel primero del año 1996. También lo he oído en multitud de versiones, desde la orquestal que tanto disfrutamos y lloramos Antonio Fuentes y yo en Madrid hasta el tan original como inesperado “Desconsuelo de Relatores” que compartí hace años con mi amigo Paco Martínez. Pero esa tarde toqué el desconsuelo. Entenderéis la diferencia de matiz entre tocar u oír el Desconsuelo de Franco Ribate y tocar o sentir el desconsuelo de la distancia. El desconsuelo de no ver. De no estar. De no vivir en presencia lo que desde que tengo conocimiento siempre viví tal día como ese y en una tarde como esa. En un año de cambio de recorrido, os puedo asegurar que en mi alma sí que viví un cambio grande de recorrido sentimental.

Jueves Santo de 2014. Estaré en Úbeda, aunque sé que sentiré y tocaré con los dedos del alma otro desconsuelo de la distancia. Un desconsuelo que no esperaba sentir cuando comencé a escribir este artículo. Un desconsuelo para el que no hay Do menor que aguante su dolor ni dos por cuatro que mida su solemnidad. Es el desconsuelo de otra distancia. La distancia que es nula e infinita al mismo tiempo. La distancia invisible, sin mesura posible, sin ley que la explique ni métrica que la dimensione. La distancia misteriosa y paradójica de tener justo al lado a quien no veremos más con los ojos miopes y mortales porque está muy lejos, en el Bosque de la Vida que hay más allá del Claro Bajo. La distancia infinita que la Fe reduce al cero matemático deshaciendo el estrangulamiento del nudo misterioso y doloroso del signo infinito (∞) y convirtiéndolo en la circunferencia de un cero que no tiene ni inicio ni fin porque simboliza la eternidad. La distancia, en fin, que este año, como el año pasado pero a diferencia del año pasado, me separará de mi padre. Porque en 2014 me faltará y me acompañará al mismo tiempo el penitente de La Columna cuya mano cogí para aprender a andar, el que me enseñó a hacerme el nudo del cíngulo cardenal y negro, el que subía conmigo a la azotea para explicarme por qué ese Jueves Santo de mi infancia tampoco iba a llover aunque los nublos atenazaran mi ilusión de pequeño columnero.

Mi padre fue un hombre bueno y un cofrade recio. Un cristiano de Fe profunda. De Fe sin alharacas. De Fe pudorosa. De Fe limpia. De Fe auténtica. Como cofrade de La Columna, he vivido grandes y numerosos momentos de mucha emoción con mi padre, ya podéis imaginar. Y me siento muy afortunado por tener lleno el corazón de estos recuerdos con él. Pero os confesaré algo: la vivencia más intensa y hermosa que he compartido con él en Semana Santa no ha sido ni un Jueves Santo, ni un Viernes Santo. No. Aunque sí ha sido con el Cristo de la Columna como testigo. La vivencia de la que hablo es la que he tenido tantos años la suerte de compartir con mi padre en San Isidoro, en la Vigilia Pascual, celebrando que la muerte no es el final, que Cristo vive y que existe el regalo de la vida eterna, y que los que mueren no nos dejan sino que gracias a Dios siguen con nosotros. No recuerdo ver derramar una lágrima a mi padre viviendo algún momento intenso del Jueves o Viernes Santo. Mentiría si dijera lo contrario. Pero jamás olvidaré ver a mi padre emocionarse profundamente en la celebración de la Resurrección de Cristo y de todos los que siguen su rastro. Cristo vive. Por eso la distancia del desconsuelo es nula y no infinita. Por eso seguiré superando el desconsuelo de la distancia con el que me ducho a diario desde hace años, en el que me bañé el Jueves Santo pasado, y donde ahora a veces pienso que me ahogo desde el último aliento de mi padre. Por eso se irán, como aquel Jueves Santo de mi infancia, los nublos que hoy atenazan y entristecen mi corazón. Por eso Adrián Navarrete Molina, el último al que querría yo dedicar un artículo como éste, me dijo hace unos días, despejando con maestría la incógnita más importante del complejo sistema de ecuaciones de su vida, “prometo que no me voy a ir”.

Adrián Navarrete Orzáez
Enero de 2014

sábado, 15 de marzo de 2014

A ti, que eres mi vida entera


https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=q2wX7saNsLE


Traigo hoy aquí un recuerdo imborrable de mi juventud, que nunca había contado antes, pero que últimamente no para de resonar en mi cabeza. Y en mi corazón.

Sería una tarde del otoño de 1986. Íbamos en un Renault 9 mi padre, mis tres hermanos y yo. Íbamos por la famosa recta de la N322 dirección a Úbeda. Esa tarde habíamos estado en el campo. Mi madre se quedó en Úbeda porque tenía algo que hacer o había quedado con alguien. Esos días todavía llevaba una vida muy normal a pesar de lo avanzado de su enfermedad, que desde unos meses antes la tenía condenada y sin solución posible, según comunicó por teléfono el médico de Madrid a mi padre y único depositario de esta terrible información, cuando le confirmó que ya no tenían que ir a más revisiones a Madrid porque no había nada que hacer.

Mi padre aún no había cumplido los 41 años. Tenía exactamente la misma edad que yo ahora.

A mi madre le encantaban las canciones de José Luis Perales. Teníamos varias cintas en aquél Renault 9.

Y sonó esta canción en el coche. Canción de Otoño. Lo recuerdo como si hubiera pasado ayer mismo. Y mi padre la cantó con tanta fuerza y emoción como para que se me quedara ese viaje para siempre guardado en el recuerdo. Cada vez que cantaba “A ti, que eres mi vida entera…”, intercalaba un “mamá” que le salía del alma y que sus hijos acabamos cantando a coro con él cada vez que llegaba el estribillo.

Esos días él ya sabía cuál, y casi cuándo, iba a ser el final. Y cantó aquello dedicado a su mujer, y junto con sus cuatro hijos, el mayor con 13 años, la menor con 6. En la nacional 322. Dios, con qué coraje. Y en la carretera de la vida. Cercano a un umbral de comienzo de un viaje que sabía que le tocaba capitanear en breve y en solitario con una tripulación de niños, cuatro, que se dice pronto, a los que llevar desde la infancia hasta la edad adulta, pasando por la adolescencia, y por todas las dificultades que la vida siempre depara a todo el mundo, si bien es cierto que hay gente que consigue superarlas con tanta maestría que bien parecería que no se topó con tales dificultades durante su existencia.

Este viaje, el de la recta de la N322, ocurrió. Así, como lo cuento. Con todo el escalofrío con el que como padre que soy hoy examino a toro pasado - y vaya toro y vaya torero - estos acontecimientos. Si no fuera porque los viví desde dentro, pensaría que no fueron así, que están exagerados. Pero esto no es el guion inventado de una película sensiblera. Es una vivencia del que esto escribe, que fue testigo de cariños y también de discusiones de sus padres; de encuentros y desencuentros, de momentos hermosos y complicados, de besos y de reproches, de todo aquello que vemos y vivimos en cada familia normal y corriente porque estamos hechos de una pasta imperfecta pero con la que con cariño y calor mutuo, se pueden moldear formas hermosísimas y perdurables. Eternas. Así que digo verdad: fui testigo de muchas cosas y también de hechos como el que cuento – y este no es el único - que son toda una cátedra de amor y coraje de la que aprender toda una vida.

Y lo comparto aquí, con cierto pudor por exteriorizar un recuerdo muy hermoso pero muy íntimo de mi infancia, porque al final no me ha dado tiempo de hablar de este recuerdo con mi padre. Y es que cuando se pierde a un padre es cuando uno se da cuenta de la cantidad de cosas que tenía pendientes de comentar con él. Ya sé que es un tópico. Pero también es una verdad auténtica que a veces me sigue quitando el sueño. Y precisamente por ello no quiero dejar en mi “debe” esta cuenta pendiente de comentar y compartir con quien quiera leer y aprovechar esto.

Y lo comparto aquí porque es una bellísima y auténtica historia de amor. Que no fue amor de un día, de una tarde, de una canción. Esa canción cantada por mi padre a mi madre a viva voz aquella tarde de otoño del año 86 tenía un histórico previo precioso, un presente durísimo como para derrumbarse en el sitio, y sobre todo, un futuro en ese momento incierto aunque también lleno de fe y esperanza: años y años de hacer realidad una idea, de hacer tangible una canción, de hacer del amor y la entrega una bellísima realidad que se puede ver y tocar, de hacer permanentemente presente en su vida y la de sus hijos a la mujer de la que siempre permaneció enamorado. Y ese histórico de entonces y ese presente de entonces y ese futuro de entonces, son hoy una realidad pasada que atesoro en el fondo de mi corazón y en el centro de mi alma con la noble convicción y la sana alegría de haber tenido la suerte de vivirlo y lo que es auténticamente importante: la oportunidad de aprenderlo.

En este blog hay muchas cosas que son parte de mi vida. Otras son mi vida entera. Hoy lo que comparto tiene más que ver con lo segundo que con lo primero. Gracias por adelantado por permitirme esta sinceridad.

Y oíd: Sed felices. Que sólo hay que querer.

Ah. Y que a mi padre no le gustaban las canciones de Perales.


miércoles, 22 de enero de 2014

A mi padre

El 19 de junio de 2010 dije estas palabras a mi padre, en el homenaje que sus hijos y sus amigos le organizamos por su jubilación. Me emociona releerlas ahora, una vez pasado el 13 de enero de 2014 que ha hecho ya marca imborrable en mi vida. Pero sobre todo me reconforta mucho releerlas, y más aún, cerrar los ojos y ver de nuevo su cara mirándome mientras le decía estas cosas, en las que me reafirmo letra por letra, palabra por palabra.


"Papá, eres la persona a la que más admiro en el mundo, y la persona a la que más debo lo que soy y lo que tengo. Y hoy, que estamos pasando este rato tan bueno en tu honor, es buen día para decírtelo públicamente, alto y claro.

Eres un auténtico maestro. Y aunque te jubiles, lo seguirás siendo siempre. La palabra magisterio proviene del griego “mayeo”, que significa “ayudar a parir”. Qué hermoso. Has estado cuarenta y siete años ayudando en el tantas veces doloroso parto de entender las Matemáticas a ubetenses de tres generaciones. ¿Cuántas veces te ha dicho un padre de alumno “gracias” porque desde que enseñas Matemáticas a su hijo las entiende? Muchas, tú lo sabes. ¿Cuántos alumnos te han agradecido tu modo de hacer fáciles e interesantes las Matemáticas? Muchas, también lo sabes.

Y sobre todo, fíjate cómo has sacado lo mejor de cada uno de tus cuatro hijos. Cuatro hermanos, que somos una piña y que daríamos la vida por nuestro padre, porque nuestro padre ha dado su vida, su vida entera, por nosotros. Con qué sencillez, con qué naturalidad, has sabido sacar lo mejor de cada uno de nosotros y nos has hecho personas muy felices, cada cual con su personalísima forma de ser. Y lo has hecho con absoluta naturalidad, con toda sencillez. Como los grandes maestros, que lo resuelven todo natural, sencilla y modestamente, por complicado que sea. Que lo hacen todo fácil: sea la temida asignatura de las Matemáticas o el apasionante reto de la vida.

Admirado padre y maestro: siempre te ha gustado más enseñar a sumar que a restar, a multiplicar que a dividir. Durante tres años no sólo fuimos padre e hijo, sino también maestro y alumno. Esos años tú me explicaste los números enteros y los naturales. Pero sobre todo, me has enseñado a afrontar con entereza y naturalidad todos los envites de la vida. Esos años tú me explicaste a resolver los sistemas de ecuaciones, pero ante todo me has enseñado a solucionar los complicados sistemas de ecuaciones que tantas veces la vida nos plantea.

No conozco a nadie más generoso que tú. A nadie más bueno que tú. A nadie más humilde que tú. A nadie más genial que tú.

Como buen maestro, has sabido enseñar de la mejor manera que existe: con coherencia, con ejemplo, con humildad y con naturalidad. También con prudencia y con paciencia. Pero tu mayor enseñanza, para todos los que te rodeamos, es que has sabido llevar la carga de la vida, el yugo de los problemas, con tanta naturalidad y con tanta maestría que has despertado admiración de la más buena y profunda no sólo en tus hijos, sino en todos los que te conocen. Has demostrado que toda carga es llevadera. Que ningún yugo es demasiado pesado. Que se puede ser feliz. Que todo problema tiene solución. Que ninguna estridencia tiene sentido. A ti hemos ido cada vez que nos hemos sentido cansados o agobiados, y tú nos has aliviado. De ti hemos aprendido lo mismo a resolver problemas matemáticos que problemas vitales, lo mismo a resolver quebrados que a animar a abatidos. En fin, nos has enseñado a vivir.

Te jubilas ahora, y mira por donde te coincide con dos hechos muy importantes: por una parte Lolina, tu queridísima Lolina, nuestra admiradísima Lolina, está totalmente preparada y dispuesta para tomarte el relevo del Magisterio que tú cogiste de tus padres, y por otra parte también coincide tu jubilación con el aumento de la familia, con la extensión generacional de tus benditos genes, esos que también heredaste del abuelo Adrián y la abuela Lola, y que ya corren por el cuerpecillo de tu preciosa nieta Lola que te tiene “embobaico” perdido, por el del pequeño embrión que Jose y Mária miman cada día y que hoy está dando tretas de alegría en honor a su abuelo Adrián, y por todos los que vengan después.

Papá, que Dios te dé una larguísima jubilación donde recibas de tus cuatro (más cuatro) hijos, de tus “n” nietos, y de tus infinitos amigos, tanto amor como has derramado tan generosa y sencillamente durante toda una vida. Me quedo corto, muy corto, diciendo un simple “te lo mereces”. Tus padres y tu mujer, desde allí arriba, y tus hijos y tus nietos, desde aquí abajo, estamos todos orgullosísimos de ti.

Voy terminando con una cita bíblica, del evangelio de San Mateo, que fue la lectura del día que mamá y tú os casásteis, un viernes 9 de junio de 1972, festividad del Sagrado Corazón de Jesús. Cuanto más la leo, más veo que esta cita tiene mucho que ver contigo, papá, y no sólo por ser el evangelio que se leyó el día de tu boda:

“En aquel tiempo, exclamó Jesús:
-«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.» “
Hay cosas grandísimas, que nos llenan de alegría y nos hacen inmensamente felices, absolutamente felices, y que no se pueden explicar, y que no se entienden hasta que no se viven en primera persona. Una de ellas es la de ser padre. Y otra, la estoy viviendo ahora mismo. Y consiste en poder decir delante de todos vosotros, pero sobre todo, delante de mi hija de mi alma: Papá, muchísimas, muchísimas, muchísimas gracias.

Tu hijo Adrián."

viernes, 19 de julio de 2013

Chiquitita Andalucía




 




         “Chiquitita, tell me what’s wrong. You’re enchained by your own sorrow. In your eyes there is no hope for tomorrow. How I hate to see you like this. There is no way you can deny it. I can see that you’re so sad, so quiet.”

            Mi querida Andalucía,

            “Cuéntame dónde está el error”, te pregunté ayer. Y te vi chiquitita, chiquitita. Ayer me hiciste pasar un día malo, porque constaté que eres extensa, pero no grande, aunque te atraviese y te riegue un río tan grande en etimología y tan largo en historia. Te vi encadenada a tu triste pobreza de miras. Vi en tus ojos que no tienes esperanza en el futuro. Y odio verte así. Quisiera hablar yo con alegría de la gran Andalucía en la que nací y pediría nacer de nuevo si me preguntaran, pero voy a hablar de la chiquitita Andalucía. Esta Andalucía nuestra que sigue empantanada en la mediocridad. Invadida de tanta mediocridad que sólo sabe ver mediocridad. Esta Andalucía que no huele ni distingue el talento, sino que teme perder la prebenda. Esta Andalucía que antepone el favor al mérito. Te sigo viendo triste y callada. Paralizada en tu propia maraña de clientelismo que has permitido fosilizar en tus entrañas.

            Afortunadamente me veo libre para hablarte así, querida Andalucía. Porque lo que soy sólo y tan sólo se lo debo a quienes me educaron y me enseñaron a ganar con mi esfuerzo y mi sacrificio todo aquello que sea capaz de obtener o alcanzar. Y con la misma libertad te digo que en mí puedes confiar. Porque no te estoy poniendo verde. Te hablo con toda la blancura de la sinceridad. Te ofrezco, digo mejor, te sigo ofreciendo mi hombro. El de mis impuestos, el de mis ideas, el de mi trabajo, el de mi voluntad y mi capacidad entera. No me pidas que te adule. No me pidas que me ponga una venda en los ojos. No me pidas que sea condescendiente con mil argumentos que justifiquen lo injustificable. NO. No me da la gana. Con todo el cariño te lo digo, pero no me da la gana. Porque te quiero, Andalucía, me duele verte así. Y porque te quiero, Andalucía, te hablo así. Porque ahí afuera se ríen de ti. Y no me da la gana. Deja ya de una puñetera vez de engañarte a ti misma. Sé honesta. Justa. Auténtica. Abandona el comedero y busca nuevos campos donde labrarte un futuro mejor. Con trabajo, claro. Que no es fácil. Si eso ya lo sé. Por eso quizá no te gusta que te hable así. Porque te incomodo. Porque vengo como Monterone en Rigoletto a aguar una fiesta que ya dura demasiado y donde los invitados no tienen reparo en contemplar desde una posición cómoda y con una mezcla frívola de diversión y morbosidad las desgracias de un pobre bufón jorobado sobre cuya espalda todos ponen sus miserias.

            No le escribo esto a la Junta de Andalucía. No. No sólo. Le escribo a Andalucía. Con su Junta, por supuesto, con el resto de sus administraciones públicas, y con todos sus andaluces también. Porque el futuro y todo lo bueno que consiga Andalucía no sólo es responsabilidad de los políticos. Así como lo malo y lo infecto de Andalucía no sólo reside en sus políticos. Basta ya de pensar que la corrupción es un término sólo aplicable a la clase política. Que está invadida por la corrupción, sí, yo también lo pienso. Pero Andalucía entera debe demasiado a la corrupción del clientelismo. No hablo de algunos. Hablo de miles. No seas hipócrita, mi querida Andalucía. No mires la viga en el ojo de la clase política sin asumir ni reconocer que el otro extremo de esa viga está en tu propio ojo. Que quizá por eso estás ciega y no ves bien lo que pasa.

            Como padre y como contribuyente, quisiera pensar que cada oposición es una preciosa oportunidad para que la enseñanza pública contrate a los mejores educadores. Ahí comienza la mejor calidad de la enseñanza que tanto gusta pregonar a todo el mundo. Pero lamentablemente, esto no es así. Tengo claro que no es así. Y suplico que me quiten la razón, que me demuestren que esto son cosas mías porque haya tenido ayer un mal día. Pero hoy no tengo otra opción que pensar que cada oposición es todo un tratado de exaltación de la amistad, de devolución de favores, y todo ello bajo el amparo de la más exquisita legalidad y el cumplimiento exquisito de las normas vigentes. Con esto no digo que no haya miles de opositores que han conseguido y consiguen su plaza con total merecimiento. Los conozco a puñados y los admiro. Pero todos sabemos que no son uno, ni diez, ni cien, ni mil, los que la consiguen por otros cauces, quizá porque por el cauce real jamás llegarían. Esto es así. Y todos lo sabemos. Es tristemente así.
           
            “Chiquitita, you and I cry, but the sun is still in the sky and shining above you. Let me hear you sing once more like you did before. Sing a new song, Chiquitita”

            Cántate otra, chiquitita. Ojalá sepas algún día cantar una canción nueva. Sabes bien que cada día trae su sol que tanto brilla sobre ti, Andalucía mía. Y cada día es una enorme oportunidad para ser mejores. Y más libres. Ánimo. Jamás dejes de intentarlo.

             En fin. Como estoy libre de enchufes, descargo mi indignación de hoy con este primer voltio. Caramba.

lunes, 20 de mayo de 2013

Aliento



El mundo, la gente, necesita - necesitamos - aliento. No sólo en estos tiempos, con tantas crisis que nos atenazan. Esto que acabo de escribir es una obviedad antropológica de aplicación a cualquier época o circunstancia.

Hoy ha sido el día del aliento.

Esta tarde, pensando sobre este asunto, llegaba a la conclusión de que el aliento, fisiológicamente considerado, se recibe tanto como se da. Es lo que tiene la respiración. Si sólo soltáramos aire, nos vaciaríamos y nos ahogaríamos. Si sólo tomáramos aire, nos hincharíamos y reventaríamos. La clave de que sigamos vivos es aprender a acompasar la entrada y la salida de aire. Tanto aire entra como tanto aire sale. Es lo primero que tenemos que aprender a hacer cuando nacemos. Y ¡ay! del que no lo consiga: queda sin aliento y por tanto, sin vida.

Pienso que el aliento del alma, o el aliento psicológicamente considerado, funciona también así: con un equilibrio de recepción y donación del mismo. Necesitamos que nos den aliento. Que nos animen para seguir adelante. Pero he aquí la gran lección que he meditado y aprendido esta tarde de ecuador de un receso laboral que me he tomado: la importancia vital de buscar y encontrar el equilibrio entre la recepción y la donación del aliento del alma.

Dicho de otro modo, si buscas aliento porque te ves escaso de fuerzas, no te preocupes. Es normal, quizá sea porque te has vaciado alentando a los demás, y eso es bueno. Y si encuentras aliento y te llenas de él, no tardes en sacarlo fuera y compartirlo alentando a los que tengas cerca, porque será la forma de dar sentido completo al aliento que has recibido. Y así la vida entera. Tomando y donando ánimo. En equilibrio. Sin excesos por un lado, ni por el otro. Tan simple como respirar. Tan complejo como respirar. Tan automático como respirar. Y tan vital como respirar.

Lo de que hoy ha sido el día del aliento no es una festividad nueva que yo me haya inventado para dar hilo a estas líneas. Es una forma, quizá no muy descabellada, de denominar la importante solemnidad que hoy – ayer ya -  se ha celebrado.

miércoles, 10 de abril de 2013

Mírame, Señor



Mírame, Señor

(Publicado en la revista "Jesús", de Úbeda, en 2013. 
Por cierto, finalmente salieron Jesús, el Sol, y mi pequeña...)


Mírame, Señor, si no puedo verte.
Ilumíname aunque esté distante,
Si no logro estar en el santo instante
En que sales a cargar con la muerte.

Rezaré por la vida, con Fe fuerte.
Esperando, o con ella delante,
Recordaré que su brío pujante
Es milagro de Amor que ofrecerte.

Mírala, Señor, extiende tu mano,
Esa que mi cruz, tan tuya, soporta.
Inunda de tu Luz su alma risueña.

Jesús, quiero despertar muy temprano,
Hallar el don que mi vida conforta:
Saldrás Tú. Y el Sol. Y mi pequeña.


Adrián Navarrete Orzáez, en la semana 32
2 de febrero, día de la Candelaria, o de la Luz

Columnas de piedra - Una reflexión y un homenaje



Columnas de piedra

 Una reflexión y un homenaje 

(Publicado en la revista "La Columna", de Úbeda, en 2013)

La tarde de Viernes Santo del año pasado, revestido de columnero en la plaza de Santa María para comenzar la Procesión General, y mientras me quedaba helado a consecuencia del frío tremendo que hacía, observé que las columnas originales de piedra maciza del trono de la venerada imagen de Nuestro Señor habían sido sustituidas por otras que simulaban, muy bien por cierto, ser piedra o mármol, pero que eran de madera o material similar.

Me sorprendió. Lo reconozco. También pensé que este cambio estaría más que justificado y aprobado. Justificado, por el aligeramiento del peso del trono. Las columnas originales de mármol macizo pesan como pesan todas las piedras macizas. Mucho. Y aprobado, por el órgano cofradiero competente y mediante el procedimiento que esté establecido. En todo esto quedo tranquilo porque me consta que La Columna tiene muchos hermanos responsables muy preparados para seguir demostrando, como siempre, que es una cofradía que sabe hacer las cosas bien hechas, como debe ser.

Pocos días después de Semana Santa comencé la redacción de este breve artículo, que no trata ni quiere tratar sobre esta modificación del trono, sino que trae el símil de la piedra, de la roca de la que está hecha una columna, para hacer una reflexión y un homenaje.

Reflexión. Ser cofrade y ser cristiano y ser penitente y ser de Iglesia es un compromiso que en ocasiones puede resultar pesado. Como una piedra. Y está claro que si vaciamos de contenido una piedra o la sustituimos por otro material, la carga resulta más llevadera, aunque no sea la auténtica. No se pone en riesgo una cofradía por sustituir columnas de mármol por otras de madera en un trono. Es más, no desaparece una hermandad por sustituir un trono entero, o por tener la desgracia de perder incluso una venerada imagen. Que esto en nuestra querida cofradía también ocurrió y no por ello despareció, que aquí estamos, seguimos y seguiremos. Y es que lo importante, lo realmente importante, no es perder la foto o la imagen de un familiar, sino perder al familiar. Y perder al familiar no es que se nos muera, sino que se nos olvide. Lo que sí que sería grave, o más que grave, el fin, es olvidar o renunciar a los cimientos de nuestra Fe cristiana para hacerla más llevadera. Lo tremendo y lo preocupante no es perder la talla de un Cristo, sino perder a Cristo y olvidarse de su mensaje. Por tanto, digo que si se vacía la columna del trono para hacerlo más llevadero, no me parece mal, lo puedo entender, y como me faltan criterios de especialista en la materia sobre la conveniencia histórica, artística o estética de dicho cambio, tampoco voy a opinar en este sentido. Pero también digo que si se vaciara la Cofradía de la Columna de contenido para hacer más llevadero esto de ser cofrade, me parecería triste y preocupante, y rezo para que nunca lleguemos a tal situación.

Homenaje: a Don Manuel Fuentes Garayalde en el año del centenario de su nacimiento. Decía antes que perder a un familiar no es que se nos muera, sino que se nos olvide. Se nos murió el bueno de Don Manuel pero no lo perderemos mientras no olvidemos su legado. Por eso aplaudo con fuerza lo que La Columna está haciendo para homenajear y rememorar a este hombre excepcional en su centenario. Y baso mi personal homenaje en una parábola de esas con las que Jesucristo, que fue azotado en una fría columna de piedra, enseñaba a los que se  acercaban a oír su mensaje. A mí bien me parece que Don Manuel pudo ser ese hombre prudente del que hablaba el Señor en su parábola y que edificó esta Gran Familia de La Columna sobre roca. La roca firme de la Fe cristiana, con toda su dureza y toda su fortaleza. Con todas sus consecuencias. Con todo su peso. El peso que este gran líder de esta gran hermandad quiso y supo llevar con sencillez, verdad y estilo propio. Dejando huella. Abriendo camino y marcando el sendero. Por eso, por el abnegado y generoso esfuerzo de Don Manuel, y también de todos los que a Don Manuel han seguido el rastro, y a pesar de vientos, torrentes y tempestades, nuestra cofradía nunca dejará de ser una gran familia. Bendito sea Dios.

Esta es la parábola: “Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.” Mateo 7, 24-27

Nada más. De verdad. Un abrazo fraternal